Quiero que me ames con la persistencia de la hiedra que devora las ruinas: silenciosa, implacable y eterna, alimentándose de lo que fuimos para sostener lo que seremos.
No quiero que se disuelva con la luz del alba, ni una caricia que sea ceniza antes del invierno.
Ni brisa ligera que se disuelve, que se pierde al doblar la esquina del tiempo.
Seamos el poema que el destino olvidó terminar, una melodía que resuena en el vacío del universo, infinito y eterno.
Sara G. Mendiguchia
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