martes, 9 de junio de 2026

El monstruo no tiene dientes

Ocurre una tarde cualquiera, bajo un sol que se desangra de forma perezosa. Yo estoy ahí, quieta, contemplando el abismo del mundo a través de la ventana. Llevo un tiempo eterno cargando dudas como cadenas, con los pasos congelados al borde de las decisiones. El miedo susurra sus verdades falsas al oído; me dicta que es mejor blindar el pecho, volverse de hielo y no arriesgar nada. En mi propio engaño, confundo estar a salvo con estar viva. Pero esta tarde, el aire se quiebra. Miro mis manos vacías y el tic-tac del reloj, mientras el silencio sepulcral pesa en la habitación. Entonces, en un relámpago de lucidez, lo entiendo todo: 

el monstruo no tiene dientes. 

El temor jamás ha sido un muro de piedra inaccesible; es solo una sombra fantasmal proyectada por mi propia mente. Comprendo que el verdadero peligro es la condena de quedarme sentada, viendo pasar la existencia como una espectadora, intacta por fuera pero completamente muerta por dentro. Este blindaje no me protege, me está enterrando viva. No hay gritos de guerra ni trompetas. Solo un suspiro profundo que me desgarra el pecho. Mis hombros se descuelgan, liberando el peso de mil batallas imaginarias, y una ligereza casi sagrada me inunda las venas. La fuerza indomable siempre está dentro de mí. Mi capacidad de reconstruirme entre las cenizas es infinitamente mayor que cualquier herida, así que decido romper el pacto con el silencio: ya no pido permiso para dejar pasar a alguien. Para quedarme o para irme. Dejo la taza sobre la mesa como quien abandona el pasado, abro la puerta y salgo al encuentro del destino. El viento violento me golpea la cara y, por primera vez, sonrío con un hambre voraz de entregarme a lo que venga. El temor desdentado se queda atrás, reducido a polvo, olvidado en un rincón oscuro de la sala. Decido, con el alma despierta, que mi derecho a vibrar es un fuego más grande que cualquier sombra. 

Ya no tengo miedo a irme.

Sara G. Mendiguchia

lunes, 8 de junio de 2026

El rescate

Había ceniza en el calendario,
un gris repetido cubriendo los días,
el tiempo marchaba como un falso diario
repleto de planes y de manos frías.

Llegaste sin ruido, doblando la esquina
donde la costumbre lo volvía todo inerte,
y diste la vuelta a mi suerte genuina
con solo mirarme, con solo quererte.

Sara G. Mendiguchia

jueves, 4 de junio de 2026

Péndulo

Sé que no tengo nada de especial,
que soy apenas un rastro de humo
en una habitación que nadie habita.
A veces me invento un incendio en el pecho
y creo que puedo sostener el cielo,
pero luego me apago, me vuelvo aire,
y me diluyo en el rincón más oscuro.
Y en este vacío no hay dolor,
solo la extraña calma de saberme nadie,
de no deberle un destino al mundo
ni una explicación a mi propio reflejo.
Soy este silencio que se mira las manos,
esperando que el péndulo vuelva a moverse.


Sara G. Mendiguchia

miércoles, 3 de junio de 2026

Volar

Me he quedado atrapada en los renglones torcidos de una historia inacabada.
Cuando te quedas entre los intervalos de los látidos de algún corazón extraviado, perdido en el tiempo, en las nubes que pasan dibujando atardeceres sin finales, como aquellos libros sin terminar de leer, acumulando polvo en cualquier estantería de cualquier holtel de Roma o Páris...a los que nunca volveras.
El tiempo es asi, a veces deja las historias a medias, esperando ser retomadas allí donde las dejamos y sin embargo eso es improbable cuando no imposible.
Porque ya no soy la misma, porque la vida se encargo de mi, porque mi corazón ya no late con aquella intensidad, porque mis pasiones encierran mis desvelos que ya no son aquellos. Porque mis razones o mis sin razones cambiaron de rumbo y el horizonte no tiene la misma prespectiva.
Porque quede atrapada entre los intervalos de un tiempo que no debió existir.
Y ahora toca reinventarse con lo quedo de mi, coser heridas, sanar unas alas aplastadas y volar.
Volar en libertad.
Volar.
Ese es mi destino.


Sara G. Mendiguchia

Historia

No quiero ser un capítulo en tu vida; quiero ser la historia que nunca te canses de leer.
Quiero que me ames con la persistencia de la hiedra que devora las ruinas: silenciosa, implacable y eterna, alimentándose de lo que fuimos para sostener lo que seremos.
No quiero que se disuelva con la luz del alba, ni una caricia que sea ceniza antes del invierno. 
Ni brisa ligera que se disuelve, que se pierde al doblar la esquina del tiempo. 
Seamos el poema que el destino olvidó terminar, una melodía que resuena en el vacío del universo, infinito y eterno. 



Sara G. Mendiguchia

martes, 2 de junio de 2026

Te pienso

Amor,
Te pienso en el silencio de la noche, justo cuando el ruido del mundo se disipa y tu recuerdo participa en mi mente, libre y sin pedirle permiso al calendario.
Te pienso en el café de las mañanas y en el roce del viento que parece nombrarte. Es en esos momentos cuando descubro que, incluso en la penumbra, tu luz se las arregla para dibujar puentes en mi alma.
La verdad es que te pienso mucho más de lo que confieso. A veces ocurre de manera inadvertida, recordándome que te has vuelto el laberinto de mi vida, mi punto de partida y mi eterno regreso.
Te pienso sin buscar una respuesta, por el simple placer de cobijarte en mi mente. Porque he descubierto que pensarte es una forma de amarte cuando la distancia nos cuesta.

París

La mañana en París se despliega como un lienzo de acuarela, suave y difusa, mientras caminamos sin rumbo con los dedos fuertemente entrelazados, entre las calles de adoquines y viejos cafés con sabor a otros tiempos, un sabor que amarga suavemente, como si ambos supiéramos, sin decirlo, que los momentos más puros están inevitablemente condenados a convertirse en memoria.
Mientras el vaivén ruidoso de la gente a nuestro alrededor amenaza con diluir el instante, nuestro abrazo se convierte en un refugio desesperado, un lazo invisible que intenta retener las horas antes que el viento se las lleve. 
Observo tus ojos bajo el sol tamizado por las hojas de los árboles, como si quisiera guardar cada detalle en el fondo del alma para los días de invierno. 
El aire del río es un susurro que roza nuestras mejillas mientras el tiempo parece haber olvidado por completo su curso a la orilla del Sena, suspendido en una tregua frágil. 
Al fondo, la silueta imponente de la Torre Eiffel se recorta contra el cielo como un faro melancólico, casi inalcanzable, testigo mudo de nuestra complicidad, recordándonos con su imperturbable grandeza la fragilidad de nuestro instante y la belleza de un amor que camina a su sombra.
Mientras, la luz se difumina y la luna llena se hace testigo de la noche parisina, mientras ascendemos lentamente hacia las alturas de Montmartre.
Al fondo la cúpula del Sagrado Corazón se dibuja contra el firmamento como una promesa eterna tallada en piedra blanca. 
En ese instante entiendo que no importa si el futuro es incierto, porque en este rincón del mundo el tiempo se ha detenido para siempre, sellando nuestro amor con la certeza de que este París ya nos pertenece.

Sara G. Mendiguchia

sábado, 23 de mayo de 2026

Tierra mojada

Ahora el aire huele a tierra mojada.
La calma parece desterrar cualquier vestigio de tempestad y la serenidad llega como el sol entre las nubes. 
Donde la tormenta descargó su furia con estruendo y oscuridad, ahora la luz atraviesa las nubes con una suavidad casi sagrada. 
Un nuevo latido nace del barro espeso que dejó la lluvia torrencial. Una voz nueva que crece desde lo más profundo del alma. 
Miro mis manos mojadas por el temporal. 
Ya no tiemblan, ahora huelen a madera que resiste. 
Hay hilos de oro que solo el dolor teje.
Te sostienen cuando el suelo parece desaparecer.
Sí, soy otra después de la tormenta. 
Después de cada tormenta. 
Entre la tormenta. 

Y a veces soy la tormenta. 


Sara G. Mendiguchia

miércoles, 6 de mayo de 2026

Entre los segundos en los que volais.

A veces el reloj parece detenido en esta casa. Los días se encadenan unos con otros entre las mismas canciones, los mismos juegos y ese olor a infancia que inunda cada rincón. A veces me pierdo en la repetición de las horas, creyendo que hoy es solo un reflejo de ayer.
Pero luego, en el silencio de la tarde, te observo.
Me regalas una risa que suena un poco más madura, o me buscas con un abrazo que ya alcanza un centímetro más de mi pecho. Y ahí, con el corazón encogido de ternura, comprendo la mentira de la rutina.
Los días parecen iguales para que yo no me asuste de lo rápido que te vas haciendo grande.
Es un regalo silencioso: la paz de lo de siempre, mientras tú floreces. 
Me detengo a besarte la frente, agradeciendo este tiempo que parece quieto, pero que en realidad estoy siendo testigo del milagro más tierno de todos: verte crecer, paso a pasito, justo frente a mí.
Mientras yo cuento los días como si fuesen iguales, tú los devoras. Te veo crecer con una fuerza que me asusta y me maravilla a la vez.
Y me recuerda todas las primeras veces. 
Y me recuerda todas las últimas veces que, sin darnos cuenta, suceden entre los días que parecen iguales. 
Es una ternura que sacude: la paz de nuestra rutina escondiendo la potencia de tu crecimiento. Hoy parece un día más, pero es el último en el que serás así de pequeña. Te veo crecer y entiendo que mi única tarea es ser el suelo firme mientras tú te conviertes en vuelo.

A mis hijos. 

Sara G. Mendiguchia

martes, 5 de mayo de 2026

En otra vida mi vida

Me imagino encontrándote al borde de un acantilado o en la espesura de un bosque antiguo, donde el aire huele a verde y a lluvia inminente.
En otra vida, quiero que el camino sea el bosque de tu cuerpo y mi destino morir en el refugio de tu abrazo. 
Que la lluvia nos inunde y borre historias desterradas para reescribir la nuestra. 
Pido imposibles al universo y al tiempo, como si con imaginarlo bastase. 
Quiero que el cielo se rompa justo cuando nuestras manos se toquen. 

En otra vida mi vida. 
Quiero amanecer más temprano. 

Sara G. Mendiguchia

Pies descalzos

Ya caminé con los pies descalzos, sintiendo el frío de la tierra y el beso áspero de las rocas. Ya devolví el peso de mis pasos, ya me quité el cuero que me separaba de lo real. 
Dejé que el mundo escribiera en mi piel y me enseñaron la geografía de mi ser. 
Perdí la prisa por llegar a ninguna parte. 
Entregué mi piel a el hambre del camino y me clavó sus espinas como besos desesperados. 
Ya caminé con los pies descalzos y en cada paso sentí el crujido de las cadenas rompiéndose. 
No camino para encajar, camino para desafiar.
Y mientra camino el polvo se asienta sobre mis huellas, pero el silencio que dejo a mi espalda es más pesado que cualquier sentencia. Ya caminé con los pies descalzos, y en este vacío que ahora habito, mi soledad es el único imperio que acepto.
No hay tregua en mis pasos. He convertido el dolor en combustible y la herida en mi bandera. Que la tierra beba de mi sangre si tiene sed, que el frío me quiebre los huesos si se atreve.
Nada detiene a quien ya no teme a la intemperie. 


Sara G. Mendiguchia