Mientras el vaivén ruidoso de la gente a nuestro alrededor amenaza con diluir el instante, nuestro abrazo se convierte en un refugio desesperado, un lazo invisible que intenta retener las horas antes que el viento se las lleve.
Observo tus ojos bajo el sol tamizado por las hojas de los árboles, como si quisiera guardar cada detalle en el fondo del alma para los días de invierno.
El aire del río es un susurro que roza nuestras mejillas mientras el tiempo parece haber olvidado por completo su curso a la orilla del Sena, suspendido en una tregua frágil.
Al fondo, la silueta imponente de la Torre Eiffel se recorta contra el cielo como un faro melancólico, casi inalcanzable, testigo mudo de nuestra complicidad, recordándonos con su imperturbable grandeza la fragilidad de nuestro instante y la belleza de un amor que camina a su sombra.
Mientras, la luz se difumina y la luna llena se hace testigo de la noche parisina, mientras ascendemos lentamente hacia las alturas de Montmartre.
Al fondo la cúpula del Sagrado Corazón se dibuja contra el firmamento como una promesa eterna tallada en piedra blanca.
En ese instante entiendo que no importa si el futuro es incierto, porque en este rincón del mundo el tiempo se ha detenido para siempre, sellando nuestro amor con la certeza de que este París ya nos pertenece.
Sara G. Mendiguchia
No hay comentarios:
Publicar un comentario