Ocurre una tarde cualquiera, bajo un sol que se desangra de forma perezosa. Yo estoy ahí, quieta, contemplando el abismo del mundo a través de la ventana. Llevo un tiempo eterno cargando dudas como cadenas, con los pasos congelados al borde de las decisiones. El miedo susurra sus verdades falsas al oído; me dicta que es mejor blindar el pecho, volverse de hielo y no arriesgar nada. En mi propio engaño, confundo estar a salvo con estar viva. Pero esta tarde, el aire se quiebra. Miro mis manos vacías y el tic-tac del reloj, mientras el silencio sepulcral pesa en la habitación. Entonces, en un relámpago de lucidez, lo entiendo todo:
el monstruo no tiene dientes.
El temor jamás ha sido un muro de piedra inaccesible; es solo una sombra fantasmal proyectada por mi propia mente. Comprendo que el verdadero peligro es la condena de quedarme sentada, viendo pasar la existencia como una espectadora, intacta por fuera pero completamente muerta por dentro. Este blindaje no me protege, me está enterrando viva. No hay gritos de guerra ni trompetas. Solo un suspiro profundo que me desgarra el pecho. Mis hombros se descuelgan, liberando el peso de mil batallas imaginarias, y una ligereza casi sagrada me inunda las venas. La fuerza indomable siempre está dentro de mí. Mi capacidad de reconstruirme entre las cenizas es infinitamente mayor que cualquier herida, así que decido romper el pacto con el silencio: ya no pido permiso para dejar pasar a alguien. Para quedarme o para irme. Dejo la taza sobre la mesa como quien abandona el pasado, abro la puerta y salgo al encuentro del destino. El viento violento me golpea la cara y, por primera vez, sonrío con un hambre voraz de entregarme a lo que venga. El temor desdentado se queda atrás, reducido a polvo, olvidado en un rincón oscuro de la sala. Decido, con el alma despierta, que mi derecho a vibrar es un fuego más grande que cualquier sombra.
Ya no tengo miedo a irme.
Sara G. Mendiguchia
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