Dejé que el mundo escribiera en mi piel y me enseñaron la geografía de mi ser.
Perdí la prisa por llegar a ninguna parte.
Entregué mi piel a el hambre del camino y me clavó sus espinas como besos desesperados.
Ya caminé con los pies descalzos y en cada paso sentí el crujido de las cadenas rompiéndose.
No camino para encajar, camino para desafiar.
Y mientra camino el polvo se asienta sobre mis huellas, pero el silencio que dejo a mi espalda es más pesado que cualquier sentencia. Ya caminé con los pies descalzos, y en este vacío que ahora habito, mi soledad es el único imperio que acepto.
No hay tregua en mis pasos. He convertido el dolor en combustible y la herida en mi bandera. Que la tierra beba de mi sangre si tiene sed, que el frío me quiebre los huesos si se atreve.
Nada detiene a quien ya no teme a la intemperie.
Sara G. Mendiguchia
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