jueves, 3 de septiembre de 2026

Desierto

Escritora de la nada, 
versos perdidos en el tiempo, 
sufragios de letras desordenadas 
huyendo de mí. 
Lágrimas que escriben versos perdidos 
en otras horas. 
Risas que evocan alegrías 
muriendo al borde del mar. 
Miedos añejos 
saliendo de cuadros viejos. 
Salones vacíos 
después de una fiesta, 
silencios provocados 
porque las palabras 
no supieron ordenarse. 
Lluvia derramada 
en tierra  mojada. 

Desierto en el alma. 

Escribo para no morir 
Y a veces muero un poco 
cuando escribo.

Sara Gómez Mendiguchia

miércoles, 26 de agosto de 2026

Mamá

Hoy le ha costado reconocerme. 
Es extraño ver sus ojos buscándome entre sus recuerdos, recuerdos que se pierden. Caras a las que le cuesta poner nombre y ubicación. Es un agujero en el pecho y contener las lágrimas porque hace muchos muchos días que ya le cuesta adivinar mi nombre. 
Busco, sin éxito, que recuerde quien soy. 
Titubea y pregunta quien soy 
-¿Quien soy mamá? 
-¿Eres la hija de Berto? 
-No mamá, soy tu hija. 
-¡Ay, menos mal! 

Una sonrisa asoma en su rostro, como quien descubre agua en el desierto. 

-¿Y cómo te llamas? 
-Sarai, mamá
Sarai...-musita mientras extiende una sonrisa de alivio por encontrarme. 
Mientras ella me encuentra, yo me pierdo entre la angustia de saber que un día no me encontrará... 


Sara G. Mendiguchia


Sosiego

Ya no corro detrás de los incendios; ahora me siento a ver cómo se apagan. Me costó noches enteras de tormenta entender que mi pecho no tenía por qué ser el refugio de los rayos ajenos. Hoy mi silencio no es vacío, es mi casa limpia, el único rincón del mundo donde el ruido de afuera no tiene permiso para entrar.
Miro mis manos y sé que siguen siendo las mismas, pero ya no se estiran con desespero para retener lo que se quiere ir. Aprendí a suplicar menos y a respirar más. Sentir desde esta calma no me hace de piedra; me hace de madera flotante, capaz de cruzar el río más profundo sin ahogarme en el intento. No espero nada del mañana, ni le debo nada al ayer. Estoy aquí, conmigo, y por primera vez en mucho tiempo, eso es más que suficiente.

Sara G. Mendiguchia

miércoles, 22 de julio de 2026

Anatomía de la tormenta

Tengo fantasmas habitando memorias
y calmas que nacieron de tempestades.
Son sombras tibias, ya sin furia,
testigos mudos de viejas ansiedades.
El viento que antes derribaba muros
hoy solo mece las cortinas del olvido.
Ya no hay naufragio en este pecho,
solo el susurro de lo que ha vivido.
Se aprende a convivir con el invierno,
a tomar el café con la nostalgia,
a ver que el trueno que nos daba miedo
dejó una tierra húmeda y sabia.
No busco ya espantar las viejas sombras,
ni pretendo negar mis tempestades;
hoy mis fantasmas cuidan del silencio
en este puerto de tranquilidades.
Miro hacia atrás sin ira ni lamento,
acepto el fuego que quemó mis naves,
pues hizo falta cruzar el sufrimiento
para entender la belleza de hoy.


Sara G. Mendiguchia

lunes, 20 de julio de 2026

Espérame

"Espérame en el reflejo del agua", le susurraría el sol con voz de fuego apagado, justo antes de hundirse en la línea del mar. Es la sal que queda en los labios de la playa, el rastro de un beso entre la luz y la sombra que se repite de forma infinita. Mientras el sol se hunde para pasar el testigo a la luna y a Venus, el cielo se convierte en un lienzo de transiciones perfectas.


Sara G. Mendiguchia

sábado, 20 de junio de 2026

Hilos

Estoy atada por hilos invisibles. 
Tiran de mí, como un muñeco guiado por las cuerdas de un dueño imaginario. 
Siento el hilo atado a mi pasado, a errores y lamentos ya suficientemente añejos, que a veces mueven alguna parte de mi alma. 
Los hilos de las expectativas ajenas, tirando de un lado a otro, se enredan entre mis manos y mi garganta esperando ser lo que el mundo espera que sea. 
Los últimos se enredan en mis tobillos arrastrándose en la rutina de cada día. 

Tenso los hilos hasta romperlos, líbero mi cuerpo de este ruido esclavo que me ata y camino en la orilla de un mar en calma, un mar de azul cristalino. 

Y respiro. 

Sara G. Mendiguchia





martes, 16 de junio de 2026

Si tú supieras

Si tú supieras como te quiero, 
entenderías porqué mi mirada 
se distrae buscando la tuya 
entre cualquier multitud. 
Es algo que ha ido creciendo 
silenciosamente dentro de mi 
hasta echar raíz. 
Has transformado 
lo ordinario en extraordinario
sólo porque tú estas cerca. 
Comprenderías que mi pecho 
no guarda un sentimiento, 
sino un universo que se expande 
cada vez que pronuncias mi nombre. 
Te quiero en la geometría de tus gestos, 
en el abismo dulce de tus ojos 
y en ese silencio compartido 
donde las palabras sobran 
porque el alma ya lo ha dicho todo. 
Si supieras que eres 
el destino de todos 
mis viajes imaginarios 
y el puerto donde mis miedos 
finalmente descansan, 
entenderías que mi querer 
no es un acto de voluntad, 
sino una fuerza de la naturaleza.


Sara G. Mendiguchia

Habitando

Tu recuerdo me desorganiza los sentidos y me arranca el aliento. 
Es el mar que se agita dentro de mí. Pensar en tí desata en mí una tormenta que arrasa con cualquier cordura. Me hundo en el epicentro de tu oleaje, donde mis sentidos se desorganizan y no saben huir a tierra firme. Es una marea incontrolable que me arranca el aliento y me quema por dentro con un fuego que ninguna lluvia puede apagar. 
Mi piel te reclama en la distancia y me mente no encuentra la calma. 
Habito una ausencia en una habitación sin ventanas, sin salida, esperando sueños que no aparecen. 
Tu recuerdo es la tormenta perfecta de mi cuerpo. Y mi mente naufraga en la inmensidad de tu lejanía, perdiendo el rumbo y toda lógica. 

Me quedo aquí, habitando tu ausencia. 

Sara G. Mendiguchia

martes, 9 de junio de 2026

El monstruo no tiene dientes

Ocurre una tarde cualquiera, bajo un sol que se desangra de forma perezosa. Yo estoy ahí, quieta, contemplando el abismo del mundo a través de la ventana. Llevo un tiempo eterno cargando dudas como cadenas, con los pasos congelados al borde de las decisiones. El miedo susurra sus verdades falsas al oído; me dicta que es mejor blindar el pecho, volverse de hielo y no arriesgar nada. En mi propio engaño, confundo estar a salvo con estar viva. Pero esta tarde, el aire se quiebra. Miro mis manos vacías y el tic-tac del reloj, mientras el silencio sepulcral pesa en la habitación. Entonces, en un relámpago de lucidez, lo entiendo todo: 

el monstruo no tiene dientes. 

El temor jamás ha sido un muro de piedra inaccesible; es solo una sombra fantasmal proyectada por mi propia mente. Comprendo que el verdadero peligro es la condena de quedarme sentada, viendo pasar la existencia como una espectadora, intacta por fuera pero completamente muerta por dentro. Este blindaje no me protege, me está enterrando viva. No hay gritos de guerra ni trompetas. Solo un suspiro profundo que me desgarra el pecho. Mis hombros se descuelgan, liberando el peso de mil batallas imaginarias, y una ligereza casi sagrada me inunda las venas. La fuerza indomable siempre está dentro de mí. Mi capacidad de reconstruirme entre las cenizas es infinitamente mayor que cualquier herida, así que decido romper el pacto con el silencio: ya no pido permiso para dejar pasar a alguien. Para quedarme o para irme. Dejo la taza sobre la mesa como quien abandona el pasado, abro la puerta y salgo al encuentro del destino. El viento violento me golpea la cara y, por primera vez, sonrío con un hambre voraz de entregarme a lo que venga. El temor desdentado se queda atrás, reducido a polvo, olvidado en un rincón oscuro de la sala. Decido, con el alma despierta, que mi derecho a vibrar es un fuego más grande que cualquier sombra. 

Ya no tengo miedo a irme.

Sara G. Mendiguchia

lunes, 8 de junio de 2026

El rescate

Había ceniza en el calendario,
un gris repetido cubriendo los días,
el tiempo marchaba como un falso diario
repleto de planes y de manos frías.

Llegaste sin ruido, doblando la esquina
donde la costumbre lo volvía todo inerte,
y diste la vuelta a mi suerte genuina
con solo mirarme, con solo quererte.

Sara G. Mendiguchia