miércoles, 6 de mayo de 2026

Entre los segundos en los que volais.

A veces el reloj parece detenido en esta casa. Los días se encadenan unos con otros entre las mismas canciones, los mismos juegos y ese olor a infancia que inunda cada rincón. A veces me pierdo en la repetición de las horas, creyendo que hoy es solo un reflejo de ayer.
Pero luego, en el silencio de la tarde, te observo.
Me regalas una risa que suena un poco más madura, o me buscas con un abrazo que ya alcanza un centímetro más de mi pecho. Y ahí, con el corazón encogido de ternura, comprendo la mentira de la rutina.
Los días parecen iguales para que yo no me asuste de lo rápido que te vas haciendo grande.
Es un regalo silencioso: la paz de lo de siempre, mientras tú floreces. 
Me detengo a besarte la frente, agradeciendo este tiempo que parece quieto, pero que en realidad estoy siendo testigo del milagro más tierno de todos: verte crecer, paso a pasito, justo frente a mí.
Mientras yo cuento los días como si fuesen iguales, tú los devoras. Te veo crecer con una fuerza que me asusta y me maravilla a la vez.
Y me recuerda todas las primeras veces. 
Y me recuerda todas las últimas veces que, sin darnos cuenta, suceden entre los días que parecen iguales. 
Es una ternura que sacude: la paz de nuestra rutina escondiendo la potencia de tu crecimiento. Hoy parece un día más, pero es el último en el que serás así de pequeña. Te veo crecer y entiendo que mi única tarea es ser el suelo firme mientras tú te conviertes en vuelo.

A mis hijos. 

Sara G. Mendiguchia

martes, 5 de mayo de 2026

En otra vida mi vida

Me imagino encontrándote al borde de un acantilado o en la espesura de un bosque antiguo, donde el aire huele a verde y a lluvia inminente.
En otra vida, quiero que el camino sea el bosque de tu cuerpo y mi destino morir en el refugio de tu abrazo. 
Que la lluvia nos inunde y borre historias desterradas para reescribir la nuestra. 
Pido imposibles al universo y al tiempo, como si con imaginarlo bastase. 
Quiero que el cielo se rompa justo cuando nuestras manos se toquen. 

En otra vida mi vida. 
Quiero amanecer más temprano. 

Sara G. Mendiguchia

Pies descalzos

Ya caminé con los pies descalzos, sintiendo el frío de la tierra y el beso áspero de las rocas. Ya devolví el peso de mis pasos, ya me quité el cuero que me separaba de lo real. 
Dejé que el mundo escribiera en mi piel y me enseñaron la geografía de mi ser. 
Perdí la prisa por llegar a ninguna parte. 
Entregué mi piel a el hambre del camino y me clavó sus espinas como besos desesperados. 
Ya caminé con los pies descalzos y en cada paso sentí el crujido de las cadenas rompiéndose. 
No camino para encajar, camino para desafiar.
Y mientra camino el polvo se asienta sobre mis huellas, pero el silencio que dejo a mi espalda es más pesado que cualquier sentencia. Ya caminé con los pies descalzos, y en este vacío que ahora habito, mi soledad es el único imperio que acepto.
No hay tregua en mis pasos. He convertido el dolor en combustible y la herida en mi bandera. Que la tierra beba de mi sangre si tiene sed, que el frío me quiebre los huesos si se atreve.
Nada detiene a quien ya no teme a la intemperie. 


Sara G. Mendiguchia

miércoles, 22 de abril de 2026

Los días de sombras largas

Hay días de sombras largas en los que la ansiedad me susurra al oído que soy demasiado pequeña en el espacio que ocupo.
Siento que si parpadeas dejarás de verme. 
Tengo un ruido en la cabeza que me lleva a la incertidumbre. Es querer con la fuerza de un huracán y mi seguridad se desmorona como un castillo de arena, mientras el viento huracanado se lleva mi cordura y me deja habitando fantasmas. 
Siento que camino de puntillas por corazones ajenos, intentando no hacer ruido. 
Porque a veces este cuerpo alberga un vacío que tiembla. 
Y en las horas donde las sombras se alargan y desaparecen siento como mi cuerpo se convierte en una prisión de cristal. Si me tocas con demasiada fuerza, me romperé en mil pedazos y no sabrás como recogerlo. 
Me siento tan pequeña como una nota a pié de página, tan sólo un apunte en la historia de tu vida. 
Me quedo sentada en mi centro del huracán esperando que un día me mires de verdad y te des cuenta de que no hay nada en mí que valga el esfuerzo para lidiar con mis tormentas, me escondo detrás de mis propios silencios, intentando ocupar el menor espacio posible, esperando que mi fragilidad no te resulte agotadora.


Sara G. Mendiguchia

martes, 21 de abril de 2026

Negativo

Razón no le falta.
Todo lo que había ocurrido estos últimos meses nos llevaba sin remedio a aquella casa.
Era como reflejarse una y otra vez uno mismo. Dejá vu.
Pero a la vez estar allí nos abría un montón de ideas, era como si aquella casa nos hablase, como si el mismísimo Sherlock  Holmes nos hablase al oído con sus interminables preguntas hasta llegar a algún puerto donde sacar material de primera.
Así que esta casa se convirtió en mi refugio y Sherlock Holmes mi musa más preciada, mi confidente, mi fantasma más cercano. Allí todo fluía..
La idea de encontrar a aquella mujer cobraba vida solo bajo esas paredes..

Sabia tan poco de esa mujer ...
Su muerte no confirmada 
Un amantisimo esposo
Una acomodada situación financiera 
Dos hijos 
Un trabajo de fotógrafa reconocida 
Una vida de lo más normal...
¿Normal?   
...
¿Qué es lo normal cuando la sangre se enfría y las certezas se evaporan?

—Si todo es normal, ¿por qué estamos aquí? —susurró mi propia mente con su voz.

Me detuve frente al ventanal del salón. El polvo bailaba en los rayos de luz como fragmentos de una memoria que se negaba a posarse. Holmes, o la sombra de él que yo había invocado, parecía observar a mi lado, con los dedos entrelazados y esa mirada que no ve objetos, sino intenciones.

Su amantísimo esposo lloraba en público, mientras el silencio se colaba entre las paredes de una casa que no parecía sentir ningún duelo, una puesta en escena ensayada. Sus hijos, serios, impolutos, de negro casi riguroso, me atrevería a decir que atravesaban un trámite y no un duelo. 

Repasé los datos. Una fotografa de prestigio. Acostumbrada a mirar a través del objetivo, a capturar la verdad en una milésima de segundo. 
Vidas en fotogramas a través de sus ojos. 
¿Qué fué lo último que capturó su cámara? ¿O qué dejó fuera del enfoque? 

Me acerqué al escritorio. Allí estaba su vieja Leica, pesada y fría. Al tocarla, sentí un escalofrío. Sherlock habría dicho que el mundo está lleno de cosas obvias que nadie observa ni por casualidad.

Abrí el cajón de su antiguo escritorio. Buscaba ese último negativo que diera luz a esta historia. 
Porque como en la vida todo es negro antes de encontrar la luz. 

Ahí estaba en el doble fondo de un viejo archivador de cuero. No era una foto, era un recibo de un guardamuebles a nombre de un desconocido. 

—Elemental —murmuré, sintiendo como el corazón me golpeaba las costillas—. Lo normal es solo un disfraz que se quita cuando nadie mira.

Sara G. Mendiguchia


martes, 14 de abril de 2026

Palabras

El portal 
 tu boca
El beso
 sus baldosas frías
La pasión
  hogueras encendidas
El descanso
 un verso en plena huida
La locura
 el cuerpo escondido
La puerta
 sin ti la angustia
A tu lado  
 el umbral del infinito. 
El silencio
  un nudo de aire
La caricia
 la llave a mi alma
El tiempo
 arena entre los dedos
Tu nombre
  retumba en mis paredes
El regreso
 la herida que cicatriza al aire
La memoria 
 un mapa que ya no miente. 

Sara G. Mendiguchia

sábado, 11 de abril de 2026

Un abismo con flores

Tengo una cobardía en el pecho llamada miedo. 
Albergo un miedo como quien guarda una tormenta en un frasco de vidrio. 
Le observo a menudo. 
Le cierro con fuerza y le escondo. 
Pero sé que existe. 
Es una fuerza que no pide permiso para entrar y reorganizar el mapa de mi cordura. 
Es el miedo a no encajar las aristas que nos unen. 
Es exponer el mapa exacto de mis ruinas y que no decidas prenderle fuego. 
Es el miedo a la "petite mort", a morir un poco en cada entrega, a que la piel se vuelva tan delgada que el roce más leve sea capaz de desarmarnos los inviernos. 
Es un abismo con flores. 
Donde la brisa pide permiso para rozar la piel. 
Donde el miedo se funde con el hambre. 
Es el miedo a que el poema sea tan perfecto que nos deje sin palabras para el resto de la vida.

Es mi frasco de la tormenta pidiendo salir. 

Sara G. Mendiguchia

miércoles, 8 de abril de 2026

Resiliencia

Hay días en que el alma se siente como una vela pequeña frente a un vendaval de exigencias. Miras tus manos y te parecen insuficientes para sostener el peso de las horas, los nudos en el pecho y el eco de un mundo que no sabe detenerse. 
A veces el peso del mundo se siente como una roca atada a la cintura, pesada, imponente. 
A veces parece inamovible hasta el punto de faltarnos el aire, de ahogarnos, incluso de aplastarnos. 
Justo en ese momento, en el creemos desfallecer, llega el abrazo, el ánimo y el aliento que empuja la roca por ti. 
Y nos ayudan a desglosar la montaña en pequeños granos de arena. 
Y crece esa valentía que creías perdida y sigues adelante incluso cuando el cansancio parece obligarte a soltar todo. 
Y entiendes que la semilla germinó en la oscuridad antes de ver la luz. 

La fortaleza no siempre es resistir hasta romperse; a veces, la verdadera fuerza está en reconocer nuestros límites, respirar profundo y aceptar que mañana será otra oportunidad para intentarlo de nuevo, un paso a la vez.


Sara G. Mendiguchia. 

lunes, 6 de abril de 2026

Entre dos mundos

A veces habitamos una frontera invisible, caminamos en lo tangible, en el café de la mañana, en los horarios, las interminables responsabilidades. 
Que sin darnos cuenta engulle los días como un sumidero engulle el fango y se van como los días con prisas, en un suspiro eterno. 
Pero somos seres de tierra, de agua, de aire. 
Estamos hechos de la solidez de los huesos y de la volatilidad de los pensamientos.
Y hay días que la tierra te lo recuerda, te recuerda que le pertenecemos y te muestra toda su belleza, su fuerza y su fragilidad, todo  al mismo tiempo, fiel reflejo de lo que somos. 
Tan etérea, tan tangible como volátil, tan inmensa como quieras sentirla.
Andar entre dos mundos es transitar entre lo que somos por costumbre y lo que somos por instinto. 
Naturaleza. 

Sara G. Mendiguchia