miércoles, 22 de julio de 2026

Anatomía de la tormenta

Tengo fantasmas habitando memorias
y calmas que nacieron de tempestades.
Son sombras tibias, ya sin furia,
testigos mudos de viejas ansiedades.
El viento que antes derribaba muros
hoy solo mece las cortinas del olvido.
Ya no hay naufragio en este pecho,
solo el susurro de lo que ha vivido.
Se aprende a convivir con el invierno,
a tomar el café con la nostalgia,
a ver que el trueno que nos daba miedo
dejó una tierra húmeda y sabia.
No busco ya espantar las viejas sombras,
ni pretendo negar mis tempestades;
hoy mis fantasmas cuidan del silencio
en este puerto de tranquilidades.
Miro hacia atrás sin ira ni lamento,
acepto el fuego que quemó mis naves,
pues hizo falta cruzar el sufrimiento
para entender la belleza de hoy.


Sara G. Mendiguchia

lunes, 20 de julio de 2026

Espérame

"Espérame en el reflejo del agua", le susurraría el sol con voz de fuego apagado, justo antes de hundirse en la línea del mar. Es la sal que queda en los labios de la playa, el rastro de un beso entre la luz y la sombra que se repite de forma infinita. Mientras el sol se hunde para pasar el testigo a la luna y a Venus, el cielo se convierte en un lienzo de transiciones perfectas.


Sara G. Mendiguchia

sábado, 20 de junio de 2026

Hilos

Estoy atada por hilos invisibles. 
Tiran de mí, como un muñeco guiado por las cuerdas de un dueño imaginario. 
Siento el hilo atado a mi pasado, a errores y lamentos ya suficientemente añejos, que a veces mueven alguna parte de mi alma. 
Los hilos de las expectativas ajenas, tirando de un lado a otro, se enredan entre mis manos y mi garganta esperando ser lo que el mundo espera que sea. 
Los últimos se enredan en mis tobillos arrastrándose en la rutina de cada día. 

Tenso los hilos hasta romperlos, líbero mi cuerpo de este ruido esclavo que me ata y camino en la orilla de un mar en calma, un mar de azul cristalino. 

Y respiro. 

Sara G. Mendiguchia





martes, 16 de junio de 2026

Si tú supieras

Si tú supieras como te quiero, 
entenderías porqué mi mirada 
se distrae buscando la tuya 
entre cualquier multitud. 
Es algo que ha ido creciendo 
silenciosamente dentro de mi 
hasta echar raíz. 
Has transformado 
lo ordinario en extraordinario
sólo porque tú estas cerca. 
Comprenderías que mi pecho 
no guarda un sentimiento, 
sino un universo que se expande 
cada vez que pronuncias mi nombre. 
Te quiero en la geometría de tus gestos, 
en el abismo dulce de tus ojos 
y en ese silencio compartido 
donde las palabras sobran 
porque el alma ya lo ha dicho todo. 
Si supieras que eres 
el destino de todos 
mis viajes imaginarios 
y el puerto donde mis miedos 
finalmente descansan, 
entenderías que mi querer 
no es un acto de voluntad, 
sino una fuerza de la naturaleza.


Sara G. Mendiguchia

Habitando

Tu recuerdo me desorganiza los sentidos y me arranca el aliento. 
Es el mar que se agita dentro de mí. Pensar en tí desata en mí una tormenta que arrasa con cualquier cordura. Me hundo en el epicentro de tu oleaje, donde mis sentidos se desorganizan y no saben huir a tierra firme. Es una marea incontrolable que me arranca el aliento y me quema por dentro con un fuego que ninguna lluvia puede apagar. 
Mi piel te reclama en la distancia y me mente no encuentra la calma. 
Habito una ausencia en una habitación sin ventanas, sin salida, esperando sueños que no aparecen. 
Tu recuerdo es la tormenta perfecta de mi cuerpo. Y mi mente naufraga en la inmensidad de tu lejanía, perdiendo el rumbo y toda lógica. 

Me quedo aquí, habitando tu ausencia. 

Sara G. Mendiguchia

martes, 9 de junio de 2026

El monstruo no tiene dientes

Ocurre una tarde cualquiera, bajo un sol que se desangra de forma perezosa. Yo estoy ahí, quieta, contemplando el abismo del mundo a través de la ventana. Llevo un tiempo eterno cargando dudas como cadenas, con los pasos congelados al borde de las decisiones. El miedo susurra sus verdades falsas al oído; me dicta que es mejor blindar el pecho, volverse de hielo y no arriesgar nada. En mi propio engaño, confundo estar a salvo con estar viva. Pero esta tarde, el aire se quiebra. Miro mis manos vacías y el tic-tac del reloj, mientras el silencio sepulcral pesa en la habitación. Entonces, en un relámpago de lucidez, lo entiendo todo: 

el monstruo no tiene dientes. 

El temor jamás ha sido un muro de piedra inaccesible; es solo una sombra fantasmal proyectada por mi propia mente. Comprendo que el verdadero peligro es la condena de quedarme sentada, viendo pasar la existencia como una espectadora, intacta por fuera pero completamente muerta por dentro. Este blindaje no me protege, me está enterrando viva. No hay gritos de guerra ni trompetas. Solo un suspiro profundo que me desgarra el pecho. Mis hombros se descuelgan, liberando el peso de mil batallas imaginarias, y una ligereza casi sagrada me inunda las venas. La fuerza indomable siempre está dentro de mí. Mi capacidad de reconstruirme entre las cenizas es infinitamente mayor que cualquier herida, así que decido romper el pacto con el silencio: ya no pido permiso para dejar pasar a alguien. Para quedarme o para irme. Dejo la taza sobre la mesa como quien abandona el pasado, abro la puerta y salgo al encuentro del destino. El viento violento me golpea la cara y, por primera vez, sonrío con un hambre voraz de entregarme a lo que venga. El temor desdentado se queda atrás, reducido a polvo, olvidado en un rincón oscuro de la sala. Decido, con el alma despierta, que mi derecho a vibrar es un fuego más grande que cualquier sombra. 

Ya no tengo miedo a irme.

Sara G. Mendiguchia

lunes, 8 de junio de 2026

El rescate

Había ceniza en el calendario,
un gris repetido cubriendo los días,
el tiempo marchaba como un falso diario
repleto de planes y de manos frías.

Llegaste sin ruido, doblando la esquina
donde la costumbre lo volvía todo inerte,
y diste la vuelta a mi suerte genuina
con solo mirarme, con solo quererte.

Sara G. Mendiguchia

jueves, 4 de junio de 2026

Péndulo

Sé que no tengo nada de especial,
que soy apenas un rastro de humo
en una habitación que nadie habita.
A veces me invento un incendio en el pecho
y creo que puedo sostener el cielo,
pero luego me apago, me vuelvo aire,
y me diluyo en el rincón más oscuro.
Y en este vacío no hay dolor,
solo la extraña calma de saberme nadie,
de no deberle un destino al mundo
ni una explicación a mi propio reflejo.
Soy este silencio que se mira las manos,
esperando que el péndulo vuelva a moverse.


Sara G. Mendiguchia

miércoles, 3 de junio de 2026

Volar

Me he quedado atrapada en los renglones torcidos de una historia inacabada.
Cuando te quedas entre los intervalos de los látidos de algún corazón extraviado, perdido en el tiempo, en las nubes que pasan dibujando atardeceres sin finales, como aquellos libros sin terminar de leer, acumulando polvo en cualquier estantería de cualquier holtel de Roma o Páris...a los que nunca volveras.
El tiempo es asi, a veces deja las historias a medias, esperando ser retomadas allí donde las dejamos y sin embargo eso es improbable cuando no imposible.
Porque ya no soy la misma, porque la vida se encargo de mi, porque mi corazón ya no late con aquella intensidad, porque mis pasiones encierran mis desvelos que ya no son aquellos. Porque mis razones o mis sin razones cambiaron de rumbo y el horizonte no tiene la misma prespectiva.
Porque quede atrapada entre los intervalos de un tiempo que no debió existir.
Y ahora toca reinventarse con lo quedo de mi, coser heridas, sanar unas alas aplastadas y volar.
Volar en libertad.
Volar.
Ese es mi destino.


Sara G. Mendiguchia

Historia

No quiero ser un capítulo en tu vida; quiero ser la historia que nunca te canses de leer.
Quiero que me ames con la persistencia de la hiedra que devora las ruinas: silenciosa, implacable y eterna, alimentándose de lo que fuimos para sostener lo que seremos.
No quiero que se disuelva con la luz del alba, ni una caricia que sea ceniza antes del invierno. 
Ni brisa ligera que se disuelve, que se pierde al doblar la esquina del tiempo. 
Seamos el poema que el destino olvidó terminar, una melodía que resuena en el vacío del universo, infinito y eterno. 



Sara G. Mendiguchia