lunes, 28 de octubre de 2013

VIVIENDO DE MOMENTOS

Hace ya unos años que por cuestiones médicas viajaba una vez a la semana a Madrid. A veces era mi hermano el que me acompañaba y lo cierto es que me encantaba , a pesar de lo ingrato del viaje, compartir ese día con él.
Salíamos sobre las diez de la mañana. El viaje era un poco más largo de lo qué se tarda en llegar ahora, unas cuatro horas y media hasta la clínica contando que no nos perdiésemos.
Matábamos el tiempo a ratos escuchando música a ratos hablando. Nuestras conversaciones eran de lo más variopinto, podíamos hablar del paisaje, del tiempo, de cosas personales, de porqué vuelan los aviones o de las leyes del universo. Cualquier conversación era bienvenida y nos acercaba un poco más el uno al otro.
He de decir que mis hermanos siempre han sido especialmente protectores conmigo. Incluso consentidores.
Parábamos a comer en Ikea, no tanto por la comida sino porque me gusta la tienda y en aquel entonces era novedad, así que mi hermano sabedor de  mi afición por estos almacenes tenia a bien concederme el capricho.
Después de unas horas en la clínica emprendimos el camino de regreso un poco más cansados y menos habladores. Esta vez era la música la protagonista , el cd de turno se escuchaba una y otra vez hasta la extenuación . Yo alternaba la consciencia  con la inconsciencia mientras mi hermano conducía sin descanso, pues prefería hacer el viaje del tirón.
Pero ese día el sueño y el cansancio hicieron acto de presencia y decidió parar a echarse un rato.
Estábamos ya en carretera nacional, atravesábamos alguna pequeña población, adelantábamos algún camión y poco más. La carretera por lo demás ofrecía ya solo lo que las luces del coche nos dejaban ver, nada de montañas, nada de curvas, solo la carretera y el cielo sobre nosotros.
Finalmente ante la ausencia de un sitio más concurrido y luminoso decidimos parar en una pequeña entrada a un pueblo en mitad del campo raso. Era tarde, no recuerdo con exactitud la hora pero seguramente más de las doce de la noche.  Apagó el motor, luego  las luces y entonces  un escalofrío sacudió ligeramente nuestros cuerpos al ser sorprendidos por el silencio y la oscuridad. Comentamos la posibilidad de quedarnos sin gasolina o el pinchazo de una rueda en aquel páramo desierto, ausente de movimiento....
Tras este breve comentario a mi hermano le asaltó el sueño y calló en los brazos de Morfeo irremediablemente. Yo ya había dormido y en ese momento aún permanecía invadida por el silencio y la oscuridad y por cierta inquietud  debido a la soledad en la que nos encontrábamos.
Me recosté ligeramente y comencé a contemplar las estrellas que crecían en número según mis ojos se adaptaban a la penumbra. Había bajado un poco la ventanilla del coche con la intención de percibir un poco del frescor de la noche, fue entonces cuando el silencio que hacia apenas unos minutos me había embriagado ahora se interrumpía  por los sonidos de animales nocturnos. Ya no estábamos tan solos ni la oscuridad era tan profunda. Mientras adivinaba las constelaciones cada vez más visibles, se dejaba ver algún que otro ciprés adornando el camino allá a lo lejos, un campo de girasoles agachados esperando recibir nuevamente el sol y alguna que otra cosecha no recuerde de qué.
Mi hermano despertó , se estiro como si no lo hubiera hecho nunca antes, sonrió y preguntó si no me había dormido, le dije que no, que había estado mirando el paisaje. Miró por la ventanilla con la intención de adivinar que había estado contemplando, luego me miro a los ojos y sonrió de nuevo.
-Las estrellas claro.
-Las estrellas y el paisaje.
-Vale lo que tú digas jajaja (sonrisa de "yo creí que estaba mal")

Seguimos con nuestro destino esta vez en silencio, sin música, sin conversación, absortos cada cual en su propio pensamiento.
Mi hermano conducía como por inercia, miraba la carretera casi con la mirada perdida y se acariciaba suavemente la perilla. Consciente de que lo estaba observando me miró y me sonrió de nuevo con esa sonrisa cómplice como si fuera sabedora de sus secretos.
Aún hoy de vez en cuando tiene ese gesto  yo sigo preguntándome que es lo que le inquieta y el sigue mirándome como si yo fuera capaz de adivinar sus pensamientos.


De nuevo nos sonreímos.