A veces el peso del mundo se siente como una roca atada a la cintura, pesada, imponente.
A veces parece inamovible hasta el punto de faltarnos el aire, de ahogarnos, incluso de aplastarnos.
Justo en ese momento, en el creemos desfallecer, llega el abrazo, el ánimo y el aliento que empuja la roca por ti.
Y nos ayudan a desglosar la montaña en pequeños granos de arena.
Y crece esa valentía que creías perdida y sigues adelante incluso cuando el cansancio parece obligarte a soltar todo.
Y entiendes que la semilla germinó en la oscuridad antes de ver la luz.
La fortaleza no siempre es resistir hasta romperse; a veces, la verdadera fuerza está en reconocer nuestros límites, respirar profundo y aceptar que mañana será otra oportunidad para intentarlo de nuevo, un paso a la vez.
Sara G. Mendiguchia.
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