A veces el reloj parece detenido en esta casa. Los días se encadenan unos con otros entre las mismas canciones, los mismos juegos y ese olor a infancia que inunda cada rincón. A veces me pierdo en la repetición de las horas, creyendo que hoy es solo un reflejo de ayer.
Pero luego, en el silencio de la tarde, te observo.
Me regalas una risa que suena un poco más madura, o me buscas con un abrazo que ya alcanza un centímetro más de mi pecho. Y ahí, con el corazón encogido de ternura, comprendo la mentira de la rutina.
Los días parecen iguales para que yo no me asuste de lo rápido que te vas haciendo grande.
Es un regalo silencioso: la paz de lo de siempre, mientras tú floreces.
Me detengo a besarte la frente, agradeciendo este tiempo que parece quieto, pero que en realidad estoy siendo testigo del milagro más tierno de todos: verte crecer, paso a pasito, justo frente a mí.
Mientras yo cuento los días como si fuesen iguales, tú los devoras. Te veo crecer con una fuerza que me asusta y me maravilla a la vez.
Y me recuerda todas las primeras veces.
Y me recuerda todas las últimas veces que, sin darnos cuenta, suceden entre los días que parecen iguales.
Es una ternura que sacude: la paz de nuestra rutina escondiendo la potencia de tu crecimiento. Hoy parece un día más, pero es el último en el que serás así de pequeña. Te veo crecer y entiendo que mi única tarea es ser el suelo firme mientras tú te conviertes en vuelo.
A mis hijos.
Sara G. Mendiguchia
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