Hoy le he hablado a la montaña de tí, le mostré al universo tus pasos y te reconoció.
Y la tierra me susurró un mensaje para tí:
Viajero incansable de mis senderos.
Siento tus pasos ligeros, aquellos que no buscan herir mi piel de roca ni asustar a mis hijos alados.
Te reconozco.
Porque ves sagrada cada flor silvestre y cada criatura que habita bajo mi manto estrallado, como dueñas de este suelo que pisas.
Porque protegiendo mi hogar, proteges tu refugio.
Sé que amas mi silencio tanto como yo. Por eso, te regalo el aire más puro y la vista más clara. Cuando te sientas cansado, apoya tu espalda en mis pinos y deja que mi pulso, que es el de la tierra misma, calme el tuyo.
Te reconozco.
Porque ves en estas mis tierras, un templo vivo por el que vivir, mientras me ames y me cuides, mis senderos siempre serán tu casa.
Mientras me ames con esa fuerza desesperada y me cuides como se cuida lo más sagrado, mis senderos no sólo serán tu camino, serán tu propia carne.
Eres parte de la roca, del musgo y del águila que me sobrevuela.
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