martes, 20 de enero de 2026

Caperucita

El bosque nunca había parecido tan denso ni tan vivo como aquella tarde de 2026. Bajo la pesada capa de seda escarlata, tu piel ardía con una mezcla de anticipación y audacia. No eras la niña perdida de los cuentos antiguos; eras la dueña de tus pasos, consciente de que cada crujido de las ramas era un aviso de que el Lobo ya te estaba acechando.
Te detuviste en el claro donde las sombras se alargan, dejando que la capucha cayera sobre tus hombros. El frío del aire contrastaba con el calor que emanaba de tu cuerpo. Sabías que él no buscaba el contenido de tu cesta, sino la piel que se adivinaba tras el encaje y el terciopelo.
—Sal de la oscuridad —susurraste, sintiendo su mirada depredadora recorriendo tu espalda.
Apareció como una sombra imponente, con ojos que brillaban con un hambre que no se sacia con comida. No hubo miedo, solo un reconocimiento eléctrico entre cazador y presa que han decidido intercambiar los roles. Cuando sus manos, rudas y expertas, rozaron el borde de tu capa roja, el bosque pareció contener el aliento.
Él era el peligro que habías estado buscando, y tú eras la tentación en la que él deseaba perderse. En ese rincón olvidado del mundo, entre el aroma a roble y el pulso acelerado, la fábula se transformó en un encuentro de piel contra piel, donde los colmillos solo servían para marcar el ritmo de un deseo salvaje e inevitable. Aquella noche, el lobo no devoró a Caperucita; ambos se consumieron en el fuego de un hambre compartida.


Sara G. Mendiguchia

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