A veces el alma no habita en palabras, sino con silencios que pesan, con ese eco que dejas en los rincones de una casa que aún te reconoce. Desde ese lugar donde el tiempo no avanza, donde la memoria se vuelve un refugio y a la vez, una herida abierta que no quiero cerrar.
Es una nostalgia que no duele como un golpe, sino como una ausencia constante, como el aire que falta cuando intentas respirar en una cumbre demasiado alta.
Dicen que viajar es la forma más noble de perderse, pero nadie te advierte que el alma no siempre viaja al mismo ritmo que los pasos. He cruzado fronteras y mapas, he visto amaneceres en cielos extraños que no saben mi nombre y sin embargo, hay una parte de mí que se quedó sentada en aquel umbral, esperando un regreso que el calendario no devolverá.
Sara G. Mendiguchia