Trece
Y mi piel
ya tiene memoria de ti.
Trece
Y me has habitado
de una forma tan absoluta
que a veces no sé
dónde terminan mis dedos
y dónde empieza tu latido.
Trece
Y mis manos
han aprendido
el relieve exacto
de tu espalda.
Trece
Y tu nombre
es la única palabra
que no me canso
de deletrear.
Trece
Y empezamos
siendo extraños
jugando con fuego
y terminamos convertidos
en la misma llama,
esa que devora
las horas sin pedir permiso.
Treinta
Entre el suelo y el cielo
Sara G. Mendiguchia
No hay comentarios:
Publicar un comentario