y no es del precipicio
en el cual me asomo
no queriendo caer
irremediablemente.
Es miedo a aprender
a volar a tu lado.
Tengo miedo de la velocidad
con la que te has filtrado
entre mis grietas.
Me asusta que mi felicidad
haya empezado
a rimar con tu nombre.
Es el vértigo de saber
que has encontrado las llaves
de algo que estaba cerrado
con mil cerrojos.
Sostengo tu mirada
como quien sostiene
una llama entre las manos:
con la urgencia
de no dejarla morir,
pero con el miedo
atroz a terminar
con la piel marcada.
Es querer ir hacia
el lado contrario
sabiendo que caminaré hacia ti.
Es estar entre la contención
y la claudicación.
Todo a la vez.
Y sin embargo
me entrego
a la incertidumbre
de un nosotros
como si no hubiese
un mañana.
Sara G. Mendiguchia
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