martes, 21 de abril de 2026

Negativo

Razón no le falta.
Todo lo que había ocurrido estos últimos meses nos llevaba sin remedio a aquella casa.
Era como reflejarse una y otra vez uno mismo. Dejá vu.
Pero a la vez estar allí nos abría un montón de ideas, era como si aquella casa nos hablase, como si el mismísimo Sherlock  Holmes nos hablase al oído con sus interminables preguntas hasta llegar a algún puerto donde sacar material de primera.
Así que esta casa se convirtió en mi refugio y Sherlock Holmes mi musa más preciada, mi confidente, mi fantasma más cercano. Allí todo fluía..
La idea de encontrar a aquella mujer cobraba vida solo bajo esas paredes..

Sabia tan poco de esa mujer ...
Su muerte no confirmada 
Un amantisimo esposo
Una acomodada situación financiera 
Dos hijos 
Un trabajo de fotógrafa reconocida 
Una vida de lo más normal...
¿Normal?   
...
¿Qué es lo normal cuando la sangre se enfría y las certezas se evaporan?

—Si todo es normal, ¿por qué estamos aquí? —susurró mi propia mente con su voz.

Me detuve frente al ventanal del salón. El polvo bailaba en los rayos de luz como fragmentos de una memoria que se negaba a posarse. Holmes, o la sombra de él que yo había invocado, parecía observar a mi lado, con los dedos entrelazados y esa mirada que no ve objetos, sino intenciones.

Su amantísimo esposo lloraba en público, mientras el silencio se colaba entre las paredes de una casa que no parecía sentir ningún duelo, una puesta en escena ensayada. Sus hijos, serios, impolutos, de negro casi riguroso, me atrevería a decir que atravesaban un trámite y no un duelo. 

Repasé los datos. Una fotografa de prestigio. Acostumbrada a mirar a través del objetivo, a capturar la verdad en una milésima de segundo. 
Vidas en fotogramas a través de sus ojos. 
¿Qué fué lo último que capturó su cámara? ¿O qué dejó fuera del enfoque? 

Me acerqué al escritorio. Allí estaba su vieja Leica, pesada y fría. Al tocarla, sentí un escalofrío. Sherlock habría dicho que el mundo está lleno de cosas obvias que nadie observa ni por casualidad.

Abrí el cajón de su antiguo escritorio. Buscaba ese último negativo que diera luz a esta historia. 
Porque como en la vida todo es negro antes de encontrar la luz. 

Ahí estaba en el doble fondo de un viejo archivador de cuero. No era una foto, era un recibo de un guardamuebles a nombre de un desconocido. 

—Elemental —murmuré, sintiendo como el corazón me golpeaba las costillas—. Lo normal es solo un disfraz que se quita cuando nadie mira.

Sara G. Mendiguchia


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