Miro mis manos y sé que siguen siendo las mismas, pero ya no se estiran con desespero para retener lo que se quiere ir. Aprendí a suplicar menos y a respirar más. Sentir desde esta calma no me hace de piedra; me hace de madera flotante, capaz de cruzar el río más profundo sin ahogarme en el intento. No espero nada del mañana, ni le debo nada al ayer. Estoy aquí, conmigo, y por primera vez en mucho tiempo, eso es más que suficiente.
Sara G. Mendiguchia
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